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ASAC en mi | Lisette García

Actualizado: 13 may 2022

Localizar en el tiempo cuándo ASAC se convirtió para mí en una forma de vida, pudiera resultar mundano y hasta soberbio, sería imposible e injusto enumerar en mi memoria los abrazos, las sonrisas, las lágrimas y todas las enseñanzas que han ido construyendo este mundo -mi mundo- en el que amo vivir y del cual mis días van sumando nuevas oportunidades para reconstruirme.


Tengo que reconocer que deseo con todas mis fuerzas ser ASAC de pies a cabeza, merecerme el honor de participar en la vida de los mejores seres humanos que ha visto este planeta y encontrar nuevas formas de acompañarlos, por lo que me resta de vida.

¿Suena utópico? ¡Seguro! Me encanta pensar que puedo hacerlo, que hay miles de puertas que no se han abierto y que quizá algún niño que está en ese lugar perfecto, me susurrará al oído el sitio secreto donde se encuentran esas llaves y así pintar el mundo de “color amor” como dice mi amiga Eri. ¡Claro que creo en la posibilidad de un mundo ideal!, cómo no creer en ello si en este mundo imperfecto han habitado personitas con una grandeza perfecta, por eso les llamamos maestros de vida, y además no estoy sola, soy parte del mejor equipo: LA FAMILIA ASAC.


Pudiera sonar a misión imposible, más porque me hace falta mucho por aprender, tengo claro que mis fallas, mis incontables defectos pueden moverme de lugar y no poner la suficiente atención en las señales, así que solo me queda confiar que este camino, que no es solo mío, tendrá subidas y bajadas, curvas pronunciadas y largas rectas para que los imposibles se tornen en los más dulces posibles.


¿Y la muerte, el dolor, las devastadoras despedidas? ¿Cómo continuar sabiendo que el tiempo no camina a la misma velocidad de la esperanza, cómo construir ese mundo cuando hacen falta las manos que lo diseñaron, cuántos más se irán sin conocerlo? No lo sé y en ese titubear me derrumbo, puedo sentir que no hay suficientes esfuerzos, que los colores se vuelven grises, que me gana el tiempo… y en ese instante donde veo el vacío del precipicio, llegan unas alas grandes y poderosas que me salvan de caer… ahí está la niña, el niño, la o el jovencito que con su mirada y sonrisa perfecta me rescata para emprender de nuevo el vuelo.


A todos y todas las que me han salvado ¡SIEMPRE GRACIAS!, HOY es sin duda el mejor día para continuar.


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